Fundación Selva Maya A.C. y SANAR organizaron pláticas y talleres de sanación tradicional Maya con Rosita Arvigo*
Rodrigo Pimienta*
En el rostro de Rosita florece siempre una sonrisa. Su modo es amable, accesible, amoroso. Parece que no se enfrenta al mundo nuestro, al arrebatarse los pedazos que quedan, cumplir un itinerario estricto y dejar a un lado las cosas importantes para atender las urgentes. Rosita no parece participar en nuestra enfermedad y seguramente es por eso que es una excelente curandera. Llegó de su natal Estados Unidos siguiendo el amor y huyendo de la guerra, específicamente acompañando a un novio que vino a ocultarse en México del ejército americano que lo obligaba a participar en el conflicto de Vietnam. Siete años después Rosita emigró a Belice en dónde conoció a Don Eligio Panti, afamado chamán maya al que acudían, de todas las regiones y países, personas con enfermedades irremediables. Eligio de noventa años, consciente de que no le quedaban más que unos cuantos para transmitir todo su conocimiento, vio en Rosita aquello que la hace tan especial y la tomó como aprendiz. Durante trece años le enseñó todo lo que sabía acerca de plantas, masajes y rituales, mostrándole los secretos para curar la enfermedad física y sanar la espiritual. Cuando por fin a los 103 años murió, Rosita quedó en el mundo como albacea de todo ese saber, de ese legado transmitido oralmente de generación en generación desde tiempos inmemoriales.
Desde entonces Rosita se ha consagrado a difundir este conocimiento y a restablecer nuestra salud con yerbas, masajes y oraciones. Formó Ix Chel, una fundación dedicada rescatar las plantas medicinales y las tradiciones de curación mayas, constantemente amenazadas por la expansión de la industria y nuestra "civilización". Además Rosita está involucrada en varios esfuerzos importantes como lo son la reserva de plantas medicinales Terra Nova, la Fundación de Curanderos de Belice y la empresa Rainforest Remedies. Ésta empresa va a los terrenos que están a punto de ser destrozados por las máquinas a rescatar las yerbas medicinales que crecen ahí. Con ellas preparan remedios, tinturas y demás panaceas que luego venden alrededor del mundo, en un afán de demostrar que las selvas tropicales también pueden ser lucrativas si se las deja en paz y se aprovechan respetuosamente.
En ésta ocasión la Fundación Selva Maya A.C. y SANAR S.C., invitaron a Rosita a diez días de actividades en la Riviera Maya, principalmente a unas pláticas sobre plantas medicinales para el público en general y un taller gratuito de "sobada" (terapia abdominal maya) exclusivamente para mujeres mayas. Mientras las pláticas fueron en el jardín de SANAR, el taller se realizó en las instalaciones que tiene la Fundación en plena selva de Akumal, que se adecuaron para alojar a las siete mujeres que participaron durante los cuatro días que duró el curso. Del norte, del sur y del centro de la Península, las mujeres con el deseo de aprender las técnicas de la sobada maya aunque sin comprender muy bien por qué alguien hacía algo gratis por ellas. El objetivo del masaje es devolver los órganos del abdomen a su lugar correspondiente para que puedan funcionar bien y prevenir enfermedades, además de ayudar con los cólicos, la gastritis y la fertilidad. Rosita les enseñó cómo darse ellas mismas estos masajes y cómo usarlos para ayudar a otras personas. Las señoras estaban interesadísimas, prestaban una atención absoluta a cualquier instrucción que impartía su maestra y era hermoso ver cómo Rosita iba sembrando una semillita en la tierra fértil que eran cada una de ellas.
Y fue así como siete mujeres mayas durmieron, comieron y convivieron envueltas por la selva y un sentimiento de complicidad que fue creciendo conforme pasaron los días del taller. Al final eran como hermanas, habían generado ese campo de fuerza que solo se da entre las mujeres y se regocijaban dentro de él, bromeando, hablando de sus familias, repitiendo lo que habían escuchado el otro día en el mercado y cubriendo los ruidos de la selva con francas carcajadas. En sus ratos libres caminaban a uno de los cenotes cercanos, internándose por las veredas y haciendo escala en cada una de las plantas o bichos que alguien supiera servía para curar algo y entonces se detallaba la manera de cortarlo, prepararlo y aplicarlo mientras las demás se aseguraban de recordar bien la receta. Más adelante alguna otra reconocía una yerba y el intercambio de conocimiento continuaba, como ha venido haciendo la tradición oral desde hace miles de años. Al final cada una volvió a su comunidad con una semilla plantada por Rosita y cada una de esas semillas es un árbol y cada fruta de ese árbol contiene miles de semillas. Así es cómo la sabiduría, ese conocimiento que el humano ha adquirido gracias a miles de años de observar a la naturaleza, encuentra la manera de seguirse perpetuando. Visto desde el otro lado del universo podría decirse que una Rosita floreció en Yucatán y las abejas que fueron a probar su néctar volvieron a sus tierras a polinizarlas. Y eso es bueno para el mundo.
Hace cerca de 300 años Ordator, un yogui budista, vivía retirado en una cueva cercana a un lago en los Himalayas. Un día mientras meditaba vio como un mono atacaba a una grulla que caminaba tranquilamente por el lago. La pelea entre ambos se le antojaba como entre un mazo y una figurilla de cristal, estaba seguro que la grulla delicada y frágil no tendría posibilidad frente a la fuerza del mono, por eso lo que ocurrió enseguida lo impacto de tal manera que hoy seguimos contando la historia. El simio arremetió contra el ave ferozmente pero la grulla con un paso, un movimiento del cuello y un pase de la capa de sus alas evadió cada embestida con elegancia. El mono azorado atacó con más violencia hasta que, confundido por la danza de la grulla, un picotazo fulminante y certero le arrancó un ojo de la cara. En ese momento la pelea terminó, el mono huyó chillando de dolor por donde había venido y una semilla quedó sembrada en la mente de Ordator, una semilla que una vez regada, cuidada y podada creció en el árbol que dio origen al Pak Hok Pai.
El Pak Hok Pai es un estilo de Kung fu Tibetano que imita los movimientos de la grulla. Conocido también como Grulla Blanca, se caracteriza por su habilidad para evadir y contraatacar simultáneamente. Esto es que los movimientos evasivos no se apartan del oponente sino que se dirigen hacia a él; cada vez que el practicante esquiva un golpe encuentra un ángulo para atacar un punto vulnerable. Es un arte marcial de posiciones amplias, golpes y patadas largas, dirigidos por movimientos continuos y circulares, todo esto con el afán de confundir al adversario, abrir una ventana en su defensa y ocultar la línea de ataque. La fuerza de sus golpes proviene del flujo del movimiento total del cuerpo (sobre todo de la cadera) como en uno de esos tamborcitos chinos que se tocan frotando ambas manos. Tan efectivo es el sistema que en la dinastía Ching, habiendo más de 3000 tipos de artes marciales en China, 2 de los 10 guardias imperiales eran maestros Grulla Blanca.